El día comenzó en la casa de Rodrigo con una despertada un poco más temprana que de costumbre. La noche anterior ya habíamos comprado “lo necesario” para el viaje de modo que gastáramos lo mínimo posible (ja ja ja). Juntamos las cosas y salimos con rumbo al oeste, a la yapla o a viña (del mar). El sitio este estaba algo lejos de la ciudad pero gracias a las habilidades de Rodrigo al volante, una carretera muy bien asfaltada y un límite de velocidad de 120 km/h llegamos en una hora y media o menos. El camino no sé muy bien cómo fue porque los únicos episodios de lucides que tuve fue cuando me despertaban mis propios ronquidos.
Llegamos al pueblo a las 11:30 a.m. masomenos, pero nos quedamos en un sitio que se llama Reñaca, a un costado del pueblo, que era más tranquilo y bonito y seguro más caro. De ahí nos tomó un montón de tiempo en encontrar un lugar para poder dormir cuando se hiciera de noche. Mientras que paseábamos dábamos vueltas y vueltas a todo el luger yendo de alojamiento en alojamiento hasta que terminamos finalmente parando en un lugar muy caleta con un letrero que refería a “osos pequeños” con no muy buena pinta. Lo importante es que nos ofrecieron la mejor oferta y la habitación no estaba mal, incluso venía con su cocina, cubiertos, vasos, platos y eso. Se decidió entonces dejar todo y almorzar algunas de las provisiones: pan con salchicha y su ketchup y mayonesa más.
El resto del día lo dedicamos a pasear por la playa, el malecón, el pueblo de viña. Incluso pasamos por un momento por una feria artesanal. Era como un centro de artesanías peruano, exactamente. Incluso encontramos cosas que decían Perú (y otras iguales con su equivalente “Chile”) que hacían creer en un negocio de producción en masa de estas artesanías: no puede ser que siempre vendan lo mismo. Tenemos fotos que lo prueban todo.
Cuando comenzó a llover, huimos a nuestra guarida dispuestos a hacer nada (osea jugar poker) y eso hicimos. Un poco más tarde Álvaro tuvo la valentía de preguntar a nuestras vecinas de habitación si querian jugar poker con nosotros y para sorpresa nuestra aceptaron. Fue así como conocimos a un pequeño grupo de chicas (las cuales resultaron menores de edad) y jugamos poker todos. Al mismo tiempo que conversábamos, comprobamos que no se puede enseñar a jugar poker a 4 mujeres de 16 años al mismo tiempo y esperar tener algún éxito. No pasó mucho rato y se fueron con nuestros paraguas (como préstamo para la lluvia) no sin antes decirnos que deberíamos ir a alguna discoteca o algo.
Luego de pensarla, decidimos primero ir al casino (no hay casinos ni en santiago ni en cualquier lugar a mucha distancia de ahí) para conocer y hacer algo. La entrada costó la módica suma de 3800 pesos (a ver te lo traduzco: 22.8 soles. Decidimos que ya no era muy buena idea lo del casino y que mejor iríamos a alguna discotec. El camino para encontrar una tomó muuucho tiempo y muchas perdidas en lugares desconocidos, oscuros y lejanos (todo en auto claro), incluyendo un árbol caído que tapaba media pista.
Finalmente encontramos una que quedaba muy cerca de donde estábamos en un comienzo (“ositos”). Pagamos (al menos menos de lo que hubieramos en el casino), estuvimos un rato por ahí pero no pasó nada, estuvo fome. De welta a los ositos a dormir y a que las ositas no hayan escapado con nuestros paraguas para siempre.
“Why does it always rain on me? Is it because i lied when i was seventeen?”
- Travis
Etiquetas: casino, discotheque, makena, ositos, playa, poker, reñaca, the clinic, viña del mar
Agosto 3, 2008 a las 5:19 am |
[...] con algo de copete y conversar. Fue ahí que me acordé que teníamos vodka (de cuando fuimos a Viña) y pisco peruano en la casa. Además, había para hacer pizza en casa. Volvimos entonces y [...]