Chile 2008. Día 7: Machas

By alvaroemur

Dentro del marco de visitas turístico-culturales que hemos venido haciendo de manera improvisada, pero bueno, hecho al fin, el viaje a Algarrobo se lleva mis preferencias en materia de belleza natural. (Difícil escribir esa oración.) Algarrobo es una ciudad pequeña al este de Santiago con gran atractivo playero. Claro, quizás piensen ¿qué diablos haces yendo a la playa en invierno? Eso me pregunté yo cuando fuimos a Viña, pero como ya había ido hace 4 años, el volver me resultaba agradable. Entonces Algarrobo fue bonito porque el paisaje era muy hermoso y el clima era excelente. A propósito del clima, como ayer llovió, el día estuvo espectacular, con un sol que cegaba y quemaba, y unos colores brillantes y muy contrastados tanto en la vegetación, como en el cielo o el mar. Al llegar a esta linda playa, bajamos del carro y dejamos nuestras cosas para pasear hasta tarde. Eran como las 3 (voy a revisar eso mejor) y caminamos hacia el sur por un malecón. Rápidamente nuestros pies dejaron la vereda y llegamos al límite con un club de vela. El camino a pie seguía por un trecho en el cerro. “No nos responsabilizamos por los accidentes que puedan ocurrir en el sendero peatonal” se leía a la entrada y era de esperarse, porque uno podía caer y hacerse daño o hasta morir si no se fijaba bien por dónde pisaba.

Caminamos harto, viendo el mar, formaciones de roca al lado del mismo, un par de playas (con gente bañándose), restaurants, entre otras cosas. Los cerros eran ligeramente vegetados, y uno podía, por momentos, estar parado en un bosque y mirar las olas desde entre los árboles. Finalmente, la segunda playa acababa en un gran cerro de roca en el mar y un kilómetro más allá, hacia el sur se veían casas. Pero

parados por ahí, en la playita formada cerca de la gran roca en el agua, nos tomamos fotos y algo nos sorprendió. ¡Un pingüino! No pude tomarle foto lamentablemente porque me acerqué y ya estaba en el agua. Mientras me acercaba dije en tono de burla “espero que no se vuele”. No conté con lo otro.

No está de más repetirlo: “¡Puta broder, el lugar estaba bravazo!” con mi más peruano sentimiento.

¡Ah cierto! ¿Cómo llegamos ahí? Rodrigo y yo nos levantamos a las 11:30. Franco ya llevaba dos horas y media levantado e incluso había salido a comprar fruta (¿?). Salimos del hotel un poco después de las 12 (tuvimos que pedirle los paragüas que les prestamos a las chicas de ayer porque no nos tocaron la puerta para devolvérnoslos) y comenzamos el retorno. Estábamos discutiendo si seguir visitando el centro de Viña o Valparaíso o , en fin, qué sería lo siguiente que haríamos y yo dije deberíamos probar un ceviche chileno. El día estaba caleta soleado. Brígido hueón. Merecía comer pescados. Y emprendimos el viaje hacia las pescaderías del norte de Reñaca. Nos detuvimos 20 minutos después en Don Chicho, frente al mar, donde, aparte de pagar mucho, descubrimos que crudo quiere decir, a veces, “no muerto“. Al llegar nos entregaron la carta y en un acto de interés (y para salvar la ignoracia) le pregunté al garçon qué me recomendaba. ¡No, en serio les dicen garçon! Me dijo que un “jardín de mariscos” valía la pena, entonces me lancé por eso. Franco dijo al ver la carta ¿eso vas a comer de entrada? y yo, que no me había dado cuenta me fijé. ¡6800 pesos! ¡35 lé! No way. O sea, hello. Pero Rodrigo dijo que lo pidamos entre los tres para probar. Bueno, “así pues sí”. ¿Segundo? Pescado cocido cada uno. No lo cuento porque lo interesante fue la entrada. Estábamos comiéndola tranquilamente como cualquier plato de mariscos crudos. Se lo traigo cocido porque acá en Chile los comemos crudos había dicho el mozo. Soy peruano, también estoy acostumbrado respondí defensivamente. Conchas de abanico, langostinos, nada que envidiar. En eso,

Franco antes de llevarse a la boca un pedazo de carne lustrosa en forma de lengua me dice mira, cuando lo toco se mueve. Era interesante. El molusco tenía un reflejo de contracción cada vez que lo tocábamos en “la punta de la lengua”. ¿Reflejo? Algunos se movían un poco más que otros.Un poco demasiado. En eso nos dimos cuenta: la comida estaba viva. Eran machas y así se comen, nos explicó luego el mozo. Ya sabiendo que nuestra comida iba a presenciar su propia degustación, nos fue más fácil proseguir. El problema noes comer cosas vivas, sino darte cuenta de que están vivas mientras lo haces.

Luego de irnos, dejándo un huevo de propina por imbéciles, cruzamos a un muelle que estaba al frente y tomé muchas fotos. Fuimos parando por el malecón tomándonos fotos antes de regresar a Santiago. Pero en el camino por la carretera decimos darnos un desvío a Algarrobo.

Solo Dios sabe que es el séptimo día
el abismo y la luna en el séptimo día
no descansaré…

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